EQUIPO

 *¿Lejos de casa?*


“Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.” Lucas 15:20


Hay una distancia que no se mide en kilómetros.

Puedes estar sentado en la misma casa de siempre, rodeado de tu familia, trabajando, estudiando, sonriendo y haciendo tu vida normalmente… y aun así sentirte lejos de Dios.


Quizás alguna vez te ha pasado.

Antes orabas con ganas, buscabas a Dios, le contabas tus cosas. Pero poco a poco comenzaron las ocupaciones, los problemas, las decepciones, el cansancio. Dejaste de hablar con Él como antes. Dejaste de congregarte con la misma frecuencia. Y casi sin darte cuenta, empezaste a vivir varios días sin pensar demasiado en Dios.

Hasta que un día te preguntas: “¿En qué momento me alejé tanto?”


La historia del hijo pródigo nos muestra algo hermoso. Aquel muchacho se fue de casa. Tomó su propia decisión, se equivocó y terminó viviendo las consecuencias de sus actos. Pero llegó un momento en que reconoció su situación y decidió regresar.


Y aquí está una de las imágenes más bonitas de toda esta historia: su padre lo vio cuando todavía estaba lejos.


No dice que lo vio cuando ya había llegado a la puerta.

Lo vio desde lejos.

Eso nos habla de un padre que estaba esperando.


Tal vez tú piensas que has cometido demasiados errores. Quizás hay cosas de tu pasado que te avergüenzan. Puede que hayas tomado decisiones que hoy desearías cambiar. Tal vez llevas tiempo diciéndote: “Cuando arregle mi vida, volveré a acercarme a Dios.”


Pero escucha esto con calma: No tienes que arreglarlo todo para volver a casa.

El hijo regresó tal como estaba.


No llegó con una vida perfecta. Llegó arrepentido, cansado y consciente de que necesitaba a su padre.


Y el padre no salió a recibirlo con una lista de reclamos.

Corrió hacia él.

Lo abrazó.

Lo recibió.


Eso no significa que nuestros errores no tengan consecuencias. Tampoco significa que Dios apruebe todo lo que hacemos. Significa que su misericordia es más grande que nuestra vergüenza.


A veces nosotros mismos levantamos una pared entre Dios y nuestro corazón.


Pensamos: “Dios debe estar decepcionado de mí.”

“Ya hice esto demasiadas veces.”


“Después de todo lo que hice, ¿cómo voy a volver a orar?”


Y mientras pensamos eso, seguimos alejándonos.

Pero Dios no está esperando que seas perfecto.


Está esperando que regreses.

Quizás hoy necesitas volver a hablar con Él.


No necesitas una oración complicada. Puedes comenzar simplemente diciendo: “Señor, aquí estoy. Me alejé. Me equivoqué. Te necesito otra vez.”


Eso puede ser suficiente para comenzar.

Porque la vida cristiana no consiste en nunca tropezar. Consiste también en saber hacia dónde volver cuando tropezamos.


Y hay algo que quiero que guardes en el corazón: estar lejos no significa estar perdido para siempre.


Mientras tengas la voluntad de volver a Dios, todavía puedes dar ese paso.


Quizás te alejaste por una decepción.

Quizás por una herida.

Quizás porque pediste algo durante mucho tiempo y no recibiste la respuesta que esperabas.

Quizás simplemente te cansaste.


Dios conoce la razón.

Y no necesitas esconderla.

Háblale.

Dile exactamente cómo te sientes.

Cuéntale lo que te dolió.


Pregúntale lo que no entiendes.

Llora si necesitas hacerlo.


Pero vuelve.

Porque el Padre sigue siendo Padre.


Y cuando decides regresar, no encuentras una puerta cerrada.

Encuentras misericordia.


Hoy puede ser ese día.

No mañana.

No cuando todo esté perfecto.


Hoy da un paso hacia Dios y descubrirás que Él nunca estuvo tan lejos como pensabas.


*OREMOS*

Padre amado, hoy me acerco a Ti tal como estoy.


No quiero esconderme detrás de palabras bonitas ni fingir que todo está bien. Tú conoces mi corazón y sabes que hay momentos en los que me he sentido lejos de Ti.


A veces fui yo quien se alejó.

Otras veces me alejé porque estaba cansado, herido o decepcionado.


Hubo momentos en los que oré y no vi respuestas. Momentos en los que me pregunté si realmente estabas escuchando.


Y poco a poco fui dejando de buscarte.


Perdóname, Señor.

Hoy quiero volver.


No tengo todo resuelto. Todavía tengo preguntas, luchas y cosas que necesito cambiar. Pero ya no quiero seguir caminando lejos de Ti.


Gracias porque no me recibes con rechazo.


Gracias porque tu misericordia sigue abierta para mí.


Cuando recuerde mis errores, ayúdame a recordar también tu gracia.


Cuando sienta vergüenza, recuérdame que puedo acercarme a Ti.


Cuando piense que ya es demasiado tarde, recuérdame que todavía puedo volver.


Padre, abraza las partes de mi corazón que están cansadas.


Sana las heridas que me hicieron alejarme.


Devuélveme el deseo de orar.


Devuélveme el gusto por tu Palabra.


Devuélveme esa paz que solamente encuentro cuando estoy cerca de Ti.


Y si alguna vez vuelvo a tropezar, no permitas que la culpa me haga esconderme.


Enséñame a levantarme y regresar.

Hoy dejo atrás el orgullo, el miedo y la vergüenza.


Quiero volver a casa.

Quiero volver a Ti.


Gracias porque, aun cuando yo estaba lejos, Tú no dejaste de mirarme con amor.


Gracias porque tu puerta sigue abierta.

Recíbeme nuevamente, Señor.


Haz de mi corazón un lugar donde pueda encontrarte cada día.

En el nombre de Jesús, amén.


*Aplicación práctica*


1. Reconoce dónde estás.

Pregúntate con sinceridad: ¿Cómo está realmente mi relación con Dios? No respondas lo que “debería” ser. Responde lo que realmente es.


1. Da un primer paso.

No esperes sentirte completamente preparado. Comienza con una oración sencilla, aunque sean cinco minutos.


1. Habla con Dios de lo que te dolió.

Si una situación te hizo alejarte, cuéntaselo. Dios no se asusta con tus preguntas ni con tus emociones.


1. No permitas que la culpa te mantenga lejos.

Reconocer un error es sano. Vivir permanentemente condenado por él no te acerca a Dios.


1. Vuelve a los pequeños hábitos.

Lee un pasaje de la Biblia, ora al despertar, agradece antes de dormir o busca nuevamente una comunidad de fe. Los pequeños pasos también cuentan.


1. Recuerda que regresar es una decisión.

Quizás no puedas cambiar lo que ocurrió ayer, pero sí puedes decidir hacia dónde caminar hoy.


Si últimamente has sentido que estás lejos de Dios, quiero que recuerdes algo:


Todavía puedes volver.


No importa cuánto tiempo haya pasado ni cuántas cosas hayan ocurrido.


No necesitas presentarte delante de Dios con una vida perfecta. Ven con un corazón sincero.


Él sabe dónde estás.


Y quizá hoy, mientras lees estas palabras, Dios simplemente te está diciendo: “Hijo, hija, vuelve a casa.”


Da el primer paso.


Lo demás, déjalo en sus manos.

Hay un Padre que todavía te espera con los brazos abiertos.

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